La semana pasada les conté sobre la locura del DevFest. Sobre las 200 personas, la adrenalina, el cansancio extremo y esa sensación de euforia colectiva. Fue increíble. Fue, sin duda, uno de los puntos más altos de mi año.
Pero hoy no quiero hablarles del evento. Hoy quiero hablarles del lunes siguiente.
Me desperté, me senté frente a mi computadora y... silencio. Ya no había voluntarios corriendo, ni speakers preguntando por sus micrófonos, ni esa energía eléctrica en el aire. Solo estaba yo, mi café y una lista de tareas pendientes para que había ignorado por semanas.
Y sentí un vacío enorme.
Es una sensación extraña, ¿no? Trabajamos durísimo para llegar a una meta —ya sea organizar un evento, correr una maratón o lanzar un producto— y cuando finalmente lo logramos, esperamos que la felicidad sea eterna. Pero no lo es. Los aplausos se acaban. Las luces se apagan. Y te quedas a solas con tu realidad.
Me recordó mucho a cuando terminé la media maratón. Cruzas la meta, te dan la medalla, te tomas la foto... y al día siguiente te duelen las piernas y tienes que volver a caminar. La vida sigue.
¿Y ahora qué?
Esa es la pregunta que retumbaba en mi cabeza este lunes. Y creo que ahí es donde está la verdadera prueba. Es fácil estar motivado cuando tienes un evento gigante enfrente. Es fácil tener energía cuando 200 personas te están mirando.
Pero, ¿qué pasa cuando nadie te ve?
Ahí es donde entra la disciplina. Ahí es donde entra el amor por el proceso y no solo por el resultado. Me di cuenta de que si solo vivo por esos "picos" de dopamina, voy a pasar la mayor parte de mi vida sintiéndome vacío. Porque la vida, en su mayoría, son lunes ordinarios. Son horas de programación en silencio. Son correos que nadie responde.
Así que decidí abrazar ese silencio. Decidí ver ese "vacío" no como algo negativo, sino como un lienzo en blanco. El evento fue increíble, sí, pero ya pasó. Ahora toca construir lo que sigue. Toca volver a enamorarse de lo aburrido, de lo cotidiano, de lo difícil.
Porque es en ese silencio donde realmente crecemos. Es ahí donde se gestan las ideas que, meses después, se convierten en nuevos aplausos. Pero no podemos hacerlo por los aplausos. Tenemos que hacerlo porque amamos el juego.
Ahora contame:
¿Alguna vez has sentido ese "bajón" después de un gran logro? ¿Cómo vuelves a encontrar tu ritmo?
Te leo la siguiente semana 📖
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