Cuando queremos hacer de todo y tenemos tantos intereses —como es mi caso—, es difícil medir el progreso en todas las áreas de nuestra vida. Esta es mi tercera semana escribiendo para ustedes y para mí. ¿Qué les ha parecido hasta ahora? Me encantaría que me comentaran por correo o en cualquier plataforma. Si están aquí, es porque su opinión me importa.
Durante estas últimas dos semanas, me he estado adaptando completamente a una nueva rutina. Antes trabajaba para alguien más, y ahora trabajo para mí mismo. Quiero hablar de un factor que personalmente me afecta cada vez que atravieso una transición: el no tener claro al 100% cómo hacer algo. Esto me afecta tanto en mi trabajo como en mis proyectos personales, pero al analizarlo más de cerca, es parte del proceso. Cada vez que comenzamos una nueva etapa, hay cambios y nuevas metas. Lo que quiero en este momento es diferente de lo que quería hace nueve meses, y será distinto de lo que querré en los próximos nueve meses. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué siempre que entramos en nuevas etapas nos sentimos incómodos, retados e incluso temerosos de continuar?
En el libro Atomic Habits, se habla del concepto de “Las tres capas del cambio de comportamiento”. Estas son: los resultados, los procesos y la identidad. Es esta última la que quiero explorar.
Las tres capas del cambio de comportamiento.
El lunes hablaba con un amigo sobre la organización, los hábitos y cómo cultivar disciplina y motivación. Utilicé el ejemplo más básico a la hora de hacer cambios: “Ponerse en forma” o “Bajar de peso”. Y hay dos maneras de abordar estos cambios:
Enfoque en resultados (metas): Quiero bajar de peso, así que iré al gimnasio para verme bien y adelgazar.
Enfoque en identidad: Soy un atleta y entreno todos los días.
La diferencia puede parecer sutil, pero las implicaciones son gigantes. En el enfoque basado en resultados, nos centramos en la meta final, en “llegar”. El problema es, ¿qué pasa cuando no tenemos motivación o sentimos pereza? No vamos al gimnasio porque lo vemos como una tarea. En cambio, cuando hacemos un cambio en nuestra identidad, ya no es algo que hacemos, sino quiénes somos. Les pregunto: ¿qué cambios en su vida podrían lograr si adaptaran su identidad?
Cuando nuestra identidad cambia, dejamos de gastar energía decidiendo si vamos a entrenar o no; simplemente lo hacemos porque forma parte de quienes somos. Aunque el objetivo pueda ser el mismo —bajar de peso—, con este enfoque el resultado llega como consecuencia natural de tu proceso, de tu identidad.
Uno de los cambios más grandes que estoy experimentando es vivir frugalmente. Dedicándome de lleno a mis proyectos, me he dado cuenta de que mi idea de startup tiene un costo: el de cambiar mi estilo de vida y enfocarme en gestionar inteligentemente los recursos que tengo para los próximos meses. Esto ha sido difícil, porque nunca me identifiqué como una persona frugal o ahorrativa. Por eso, el proceso de adaptación ha sido complejo y las fricciones altas. Cambiar algo tan arraigado en nuestra identidad no toma simplemente 21 días, el tiempo que toma formar un hábito. Pero cuando el cambio finalmente se consolida y nos identificamos con la persona que trabajamos en ser cada día, los resultados llegan por sí solos.
A veces suena extraño decir “Soy escritor”, y el síndrome del impostor puede pegar fuerte, créanme. Pero luego recuerdo: ¿Qué hace un escritor? Escribe. ¿Qué hace un emprendedor? Emprende. Y así es como estamos comenzando.
Nos vemos la próxima semana.
¡Gracias por seguir acompañándome en este viaje!
"Si no te comprometes con nada, te distraerás con todo." - Noah Kagan